Vozdevieja, de Elisa Victoria: cómo se aprende a ser mujer
Por Natalia Martínez
Para inaugurar la nueva temporada del Club de Lectura Feminista, nos adentramos en Vozdevieja, la primera novela de Elisa Victoria. Una historia que nos lleva de la mano de Marina, una niña de nueve años que pasa un verano caluroso en la Sevilla de 1993 y que observa el mundo con esa mezcla tan particular de curiosidad, imaginación y sinceridad que caracteriza a la infancia.
No es solamente una novela sobre una niña que crece. También es una historia sobre los vínculos que nos construyen, sobre las mujeres de nuestro entorno, sobre cómo aprendemos a mirar nuestro cuerpo y nuestro deseo, y sobre ese territorio extraño que aparece cuando dejamos de ser niñas pero todavía no sabemos muy bien quiénes estamos empezando a ser.
Los vínculos que nos construyen
La abuela: estar juntas sin representar ningún papel
Mi vínculo favorito en esta historia, y el gran referente de Marina, es el que tiene con su abuela. Hay entre ellas una complicidad especial, una cercanía que no necesita demasiadas explicaciones. Quizá una de las cosas más bonitas de esta relación sea precisamente su naturalidad: Marina puede estar con su abuela sin tener que representar constantemente el papel de «niña», y la abuela tampoco parece necesitar representar el papel de «adulta que sabe».
Hay algo muy especial en ese encuentro entre dos generaciones: una mujer que ha vivido mucho y una niña que empieza a descubrir el mundo. Dos personas que, desde lugares diferentes, comparten la vida, las emociones, los pequeños acontecimientos y también esa sinceridad que a veces aparece con especial fuerza en la infancia y en la vejez. En ese vínculo podemos preguntarnos qué heredamos de las mujeres que nos preceden, qué nos enseñan y qué nos cuentan. Pero también qué silencios, miedos y formas de entender el mundo pasan de unas generaciones a otras.
No es casual que la cubierta del libro sea un vestido de flores: uno de los que la abuela de Elisa Victoria cosió para su nieta, como la abuela de Marina le cose los suyos. Lo que heredamos de las mujeres de nuestra familia abriga, pero a veces también pica.
La madre: casa, y también mujer
Otro vínculo muy significativo es el que Marina tiene con su madre, sobre quien hace reflexiones profundamente maduras como esta: «Me ha tocado nacer en un hogar frágil y cambiante. Lo único que permanece en mi vida es ella. Donde esté ella estará mi casa».
Estas palabras expresan una relación marcada por la necesidad de encontrar un lugar estable en un mundo que cambia. La madre es casa, pero también es una mujer con sus propias dificultades, deseos, decisiones y contradicciones. Y quizá ahí encontramos otra de las dimensiones feministas que atraviesan la novela: las madres no son únicamente madres. Son mujeres. Mujeres que aman, que se equivocan, que tienen relaciones, que desean, que tienen miedo, que intentan proteger y que también transmiten sus propios aprendizajes sobre lo que significa ser mujer.
Domingo: un adulto que no lo explica todo
Como personaje masculino de referencia está Domingo, la pareja de su madre, con quien Marina mantiene una relación amable, cercana y sincera. Una de las particularidades de este vínculo es que él parece hablarle desde un lugar diferente al que muchas veces ocupamos las personas adultas con la infancia: no la trata como si fuera incapaz de comprender el mundo por tener nueve años. La acompaña sin necesidad de explicarlo todo.
El cuerpo, el deseo y lo prohibido
Las revistas escondidas
A través de Domingo aparecen en su vida las revistas para adultos, que se convierten en un tesoro para ella. Marina las cotillea a escondidas y encuentra en ellas una información que siente «prohibida». Hay algo fascinante en poder acceder a ese «mundo adulto» que todavía no le corresponde y que, precisamente por eso, resulta tan atractivo. Para ella, esas imágenes funcionan como una ventana a la sexualidad adulta que mira desde su propia lógica: desnudos, cuerpos, besos, escenas a las que atribuye significados propios a partir de la experiencia que tiene.
Todavía no hay un otro concreto con quien vivir ese deseo. Hay curiosidad, imaginación, juego y descubrimiento.
Y aquí la novela nos invita a mirar la sexualidad infantil desde otro lugar: no desde la alarma inmediata ni desde la mirada adulta que interpreta cualquier gesto como sexualidad adulta, sino desde la necesidad de comprender qué significado tiene aquello para la propia criatura. Porque una misma conducta puede significar cosas muy diferentes según la edad, el contexto y la experiencia.
Descubrirse entre la curiosidad y el miedo
También aparece la autoexploración del cuerpo. Marina descubre su propio cuerpo y experimenta con él, pero ese descubrimiento convive con el significado que le llega desde su madre: cuidado, precaución, miedo…
El cuerpo aparece entonces como un territorio contradictorio: propio y, al mismo tiempo, cargado de mensajes externos. Por un lado, están la curiosidad y el placer de mirarse, tocarse y descubrirse; por otro, las advertencias sobre los hombres, el peligro y aquello de lo que hay que protegerse. Lo que nos lleva a reflexionar sobre los mensajes que reciben las niñas acerca de sus cuerpos y su sexualidad: ¿aprenden a conocerlos desde el placer, la curiosidad y el cuidado, o principalmente desde el miedo y la protección?
Jugar a ser mayor
El juego simbólico también ocupa un lugar importante: las muñecas, los besos, los «restregones», las ganas de crecer y de poder hacer lo que hacen las personas adultas… Todo forma parte de esa frontera difusa entre imaginar la vida adulta y empezar a desearla. Marina observa el mundo adulto y juega a acercarse a él.
La infancia no necesita ser entendida como una versión incompleta de la adultez: tiene sus propios significados, sus propios códigos y su propia manera de experimentar el cuerpo, los vínculos y el mundo.
¿Quién soy cuando todavía estoy cambiando?
Una de las preguntas más potentes que se hace Marina es precisamente esa. La prepubertad aparece como un territorio extraño. Ya no estamos exactamente en la infancia, pero tampoco hemos llegado a la adolescencia; el cuerpo comienza a transformarse, la mirada sobre una misma cambia y empiezan a aparecer nuevas preguntas. Es una etapa «entre medias», difícil de nombrar y también difícil de habitar.
Y en ese proceso aparece la identidad. Si mi cuerpo cambia, si mis deseos cambian, si mi manera de mirar el mundo cambia, si las personas que me rodean también cambian… ¿cómo puedo saber quién soy?
Leer Vozdevieja desde el feminismo
Leer esta novela desde el feminismo nos permite preguntarnos qué hacemos con la curiosidad de las niñas, qué mensajes transmitimos sobre sus cuerpos, qué lugar damos al placer, qué diferencia hay entre proteger y educar desde el miedo, y cómo los mandatos de género empiezan a aparecer mucho antes de la adolescencia.
Quizá por eso Vozdevieja sea una buena puerta de entrada para nuestro Club de Lectura Feminista: porque habla de crecer, pero también de cómo aprendemos a ser quienes somos. Y porque algunas historias de infancia, cuando las volvemos a mirar desde la edad adulta, nos descubren que aquellas niñas que fuimos ya se hacían preguntas que todavía hoy seguimos intentando responder.

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